El castillo encantado

La puerta del castillo encantado se cerraba  cada noche a las ocho y diez, después de que Victoria tuviese  que espabilar a los últimos turistas que gustaban de hacerse fotos en cada rincón de las salas. Victoria era el ama de llaves, aunque a ella le gustaba mas decir a sus amistades que su trabajo era el de guardesa del castillo, sobre todo le gustaba por su madre, esa gran dama que durante años le había presentado a su benjamina una larga lista de procuradores, arquitectos, médicos y  un largo etcétera de nobles candidatos que sin duda serían un partidazo para ella. Pero cuando Victoria encontró en internet la oferta de ama de llaves de ese edificio medieval que tantas veces había visto en fotos no se lo pensó dos veces, pues se hablaba de que en sus paredes existía una de las mayores pinacotecas de toda Italia, incluso se había comparado la misma con la colección Tysen quedando esta última a la altura de meras estampitas. Cientos de oleos engalanaban los pétreos muros del castillo, cientos de obras que durante años había recopilado la familia Perilio hasta que el último de su estirpe, el joven Arnold, murió en extrañas circunstancias, frase tonta donde las haya pero que siempre se ha usado como eufemismo cuando no se quiere rascar más datos, y en este caso así fue porque nadie sabe como murió, pero a decir verdad eso poco importa en esta historia. Victoria pasaba horas arreglando el castillo tras el cierre, pues aunque existía un servicio de limpieza integral cada martes y jueves, a ella le gustaba mimar con detalle cada estancia del castillo, en especial una habitación orientada al norte con una enorme cama engalanada con un dosel de terciopelo rojo.

Una noche, al estirar la colcha bordada en oro que cubría la cama, se dio cuenta de que faltaba la sábana y eso le extrañó. Era normal que los visitantes aprovechasen cualquier despiste de los guardias de seguridad para colarse en las habitaciones y hacerse alguna foto tumbados sobre las camas, pero de ahí a robar las sábanas le parecía excesivo así que jurando en hebreo se dirigió hacia el almacén a buscar otro juego cuando un aroma inundó la estancia. Sus pulmones se llenaron de un suave perfume que le recordaba a algo agradable pero que era incapaz de ubicar en su mente, flores tal vez, frutos del bosque quizá, y mientras su mente divagaba en sus imágenes una bocanada de aire cálido rozó su espalda, se giró y pudo contemplar ante sí, lo que estaba buscando hacia un instante.

No había nada antes entre ella y la pared  y de repente la sábana se presentó ante sus ojos de forma  desafiante, suspendida,  como si colgase de un hilo desde el techo hacia el centro de la misma y dejando una forma cuasi corpórea ligeramente abultada en su interior. Victoria extendió su mano y la sábana se movió hacia un lado escapando de ella. Victoria avanzó y la sábana volvió a escapar como invitándola a jugar cosa que le provocó a la joven una sonrisa picara y cómplice. La sábana se movía, y Victoria la seguía, hasta que la sábana se movió rápidamente rodeando a la joven convirtiéndose en su satélite y  provocando que esta girase sobre si misma cayendo finalmente sentada en el suelo partiéndose de risa. La sábana descendió y se plantó justo delante del rostro de Victoria y ella levantó su mano, y la sábana no se movió, acercó su mano y la sábana seguía sin moverse, agarró la sábana y pegó un tirón firme como los magos que quitan el mantel sin tirar las copas de cristal, y allí no había nada. La sonrisa se convirtió en decepción, pero esta duró poco tiempo porque de nuevo Victoria notó en su piel el aire cálido pero esta vez le atravesó el pecho. La joven se quedó quieta y empezó a notar un cálido aliento en su nuca y eso le hizo cerrar sus ojos. El aliento descendió por su espalda y eso le hizo suspirar levemente. El aliento ya era una caricia que erizaba cada poro de su piel a su paso y cada caricia hacía que su respiración fuese cada vez más intensa pero más lenta y pausada. El aliento llegó a su abdomen y noto que eso calmaba su acidez de estómago, y mientras se reprochaba a si misma por pensar en esta estupidez en ese momento, volvió a cerrar los ojos y a dejarse llevar y sentir sin pensar. El aliento ascendió y acaricio sus pechos lentamente pero con vigor y firmeza,  y pronto cubrió toda la mitad superior de su anatomía. Notaba un calor agradable y suave y seguía notando ese dulce aroma cuando algo le hizo extender sus brazos y notó como empezaba a flotar y se dejó llevar.

Abrió más sus brazos y a medida que flotaba y sus piernas se estiraban, el aliento descendía por ella hasta llenar de ese calor y ese aroma toda su epidermis. No quiso abrir sus ojos por si estaba soñando y también por si eso le hacía caer, que ella siempre había tenido vértigo, así que se dejó hacer. La intensidad del calor aumentaba, su cuerpo suspendido en el aire se desplazaba como una bolsa arrastrada por el viento, mientras el calor se intensificaba en la cara interna de sus muslos en un lento ascenso. Su sexo se humedeció mientras su espalda se arqueó ligeramente y aspiró hondo pues sabía lo que iba a suceder. El epicentro del calor se ubicó en su sexo, notaba suaves caricias en él, unas caricias que jamás antes había sentido así ni con sus propios dedos. Mordió su labio inferior, apretó sus puños, y un suave gemido salió de su garganta. El calor se intensificó más aun en esa zona y entraba en ella como una marea de olas recorriendo sus entrañas llenándola de una espuma de enigmático placer. Sus gemidos eran ya constantes, sus pezones se endurecieron demostrando el placer que estaba sintiendo. Su cuerpo se estremecía en cada caricia hasta que estalló en un intenso y prolongado orgasmo. Notó como su cuerpo empezó a descender hasta que suavemente su espalda se posó sobre la colcha bordada, abrió los ojos y la sábana volvió a estar flotando ante su mirada, pero esto solo duró un instante porque inmediatamente la sábana cayó sobre sus pies. Victoria la agarró, y se cubrió con ella, cerró los ojos y durmió plácidamente.

A la mañana siguiente cuando la luz del sol acarició su rostro abrió los ojos con la sensación de que todo había sido un hermoso sueño, pero no, la sábana estaba allí cubriendo su cuerpo y volvió a sonreír. Desde entonces cada mañana plancha con amor la sábana y cada noche juega con ella. Su madre le sigue mandando cartas con las fotos de los últimos candidatos a la presidencia y ella siempre le contesta con un simple gracias y un beso.

Escrito por @Casperiillo